Dejé mi verguenza en Santa Marta #arrozconculantro

Lo bueno de viajar, aparte de visitar nuevos lugares y explorar cosas y culturas nuevas, es que cuando estas empezando a sentirte miserable frente a la computadora, un viernes, a las 4:30pm y ese reloj moviéndose a cuenta gotas, tienes memorias que son capaces de sacarte una sonrisa en medio de tu tribulación. Pues esa es exactamente la situación por la que estoy pasando ahora. Es mi segunda semana de trabajo luego de haber vuelto a la “normalidad”. Aunque si venimos a ver mi “normalidad” anterior era mucho mas divertida y retante, yo decido no agobiarme porque ya pasó ya que como dice mi abuela: “nadie me quita lo bailau”.

Pues siguiendo en la línea, recuerdo cuando visité Santa Marta, Colombia el pasado mes de febrero y me encontré hablando con el chofer de un taxi que nos llevaba hacia el área de Rodadero. Le pregunté acerca de sus áreas favoritas, por sus recomendaciones en lugares para visitar y comer, platos típicos, etc. Hablamos por un rato, ya que nos topamos con tráfico, y de repente para la conversación y me mira muy serio y me dice: “Ustedes los de Puerto Rico son muy parecidos a nosotros. Me encanta que vengan a visitarnos porque tienen la sangre caliente costeña como nosotros. Somos amigables, hablamos con todos y nos reímos hasta solos”. A eso le sonreí y le agradecí su hospitalidad antes de bajarnos en nuestro destino. Sin duda deje una pequeña huella en aquel taxi.

Llegamos al hotel y una de las chicas con las que andaba no se sentía muy bien, por lo que me ofrecí a buscar comida en un lugar muy cercano (según el GPS) y de una vez podría sentir la rica brisa playera que encontraría en mi camino. Salí a caminar, y efectivamente, la brisa rica con “peste” a salitre me dibujo una sonrisa instantánea en la cara y el camino se me hizo más corto. Ordené la comida, esperé y recogí la orden para llevar. Iba con las dos manos llenas de comida costera frita, grasosa y sabrosa camino a mi hotel. Mi impresión acerca de los colombianos locales de aquella ciudad en aquel momento era muy buena. Me parecieron gente muy cálida y simpática y durante mi caminata lo confirmé cuando vi cómo la gente me miraba y me saludaba en la distancia. Sus sonrisas eran inmensas y hasta el “viejito mellau” se sonrió sin miedo al verme pasar. De repente una señora como de unos 46 años se me acerca a paso ligero y me dice: “Desde lejos se aprecia que eres latina. Entre el pelo y eso (apuntándome a las nalgas) es obvio que traes sabor”. Me sonreí y me quedé callada porque no sabía qué responder a ese comentario. Pero ella rápido interrumpe el silencio incómodo de 1 segundo y dice: “Aparte de eso, vine a ayudarte porque veo que tienes las manos ocupadas y no te has dado cuenta que la brisa te ha levantado el vestido y es por eso que la gente andaba tan sonriente cuando caminabas por ahí”. Ella me baja la falda, me da su bendición y me envía a mi hotel, con cara de asombro y la vergüenza en el piso que ni me dejo decir un “Gracias” por lo menos. Por eso y tantas cosas más, “Que viva Colombia”.

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